Eran
las cinco de la tarde en el bar de la estación de autobuses, un solitario
cliente, conocido como “Bronx”, se desparramaba en una sucia mesa junto a la
ventana. A través del café y la rosquilla miraba distraídamente a la multitud
que iba de compras, formando una lenta procesión contra el fondo de apresurados
automóviles. Un hombre de corta estatura y moreno se separo de la masa y se
dirigió hacia la puerta de la cafetería. En ese momento sonaron dos disparos,
separados por apenas una fracción de segundo.
Ante
el estruendo, el rugido del tránsito pareció convertirse en un murmullo lejano.
Hombres y mujeres sorprendidos miraban ansiosamente a su alrededor. ¿Eran
verdaderos disparos o acaso sólo la explosión de un motor? En la acera opuesta
un hombre se dio cuenta de que una bala había silbado junto a su cabeza,
llevándose con ella un trozo del ala del sombrero. Una mujer aulló, y su grito
fue la señal para que la multitud buscase refugio, apilándose en las entradas
de los comercios. Un hombre de corta estatura, moreno, escapó sin ser
advertido, metiéndose algo en el bolsillo mientras corría. Cuando la policía
entró en la cafetería de la estación, se encontró al propietario inclinado
sobre el cuerpo de un hombre. La bala había entrado cerca del corazón y salido
por la espalda: estaba definitivamente muerto. A su lado, en el suelo, había un
revólver.
La
detective Noemí inmediatamente lo identificó como un viejo conocido de la policía.
‐ ¿Qué sabes de lo ocurrido? ‐preguntó
la Inspectora Noemí. La cara del dueño del café parecía de ceniza. Las manos le
temblaban y debió sentarse en la silla de la víctima antes de poder hablar-. Nada,
no vi nada. Estaba en el fondo, pelando patatas.
‐ Está bien ‐interrumpió
Noemí‐. Dime lo que sepas. ¿Bronx estaba solo o
había otra persona cuando le dispararon?, ¿dijo algo?, ¿alguien merodeaba por
fuera?
‐ Estuvo cerca de media hora. Se tomó dos
cafés y pidió unas rosquillas. Estaba completamente solo, salvo por mí. Nunca
hay nadie a esta hora de la tarde. Hablamos un poco y luego me fui al fondo a
pelar...
‐ ¿Qué es lo que dijo? ‐interrogó
la Inspectora‐. Al entrar me preguntó por un socio suyo,
un tal Rubén Soto y me dijo: “Tengo algo para ese chivato”. Y eso es todo lo que
supe hasta que oí dos disparos. Luego vi a “Bronx” despatarrado en el suelo.

Los
colegas de la detective Noemí no tardaron mucho en atrapar a Rubén Soto que se
entregó pacíficamente. En el interrogatorio Rubén declaró que no era culpable
de asesinato, aunque reconoció haber disparado a “Bronx”. Había decidido
arreglarse con “Bronx”, pero tan pronto como lo vio acercarse sacó un revólver
del bolsillo y le disparó. “Luego –aseguró- también disparé con
mi arma pero en defensa propia”.
(recogido en actiludis.com)
¿Fue
así realmente como había pasado? Nada logró hacer cambiar la historia de Rubén.
Conociendo a “Bronx” y sabiendo de la enemistad entre ambos, muchos no lo consideraban
improbable. Tras analizar todas las pruebas Noemí, dedujo que Rubén mentía.
¿Cuál es la evidencia que contradice la historia de Rubén? Lee atentamente y observa
el escenario de los hechos narrados. Para ayudarte a averiguarlo, sigue estos
consejos:
- Lee atentamente todo el texto.
- No des soluciones sin pensar si tiene lógica o no.
- No se trata de un juego de acertar, sino de razonar.
- Si no logras encontrar la solución mira atentamente el dibujo y vuelve a releerlo.
Si
aún no lo sabes contesta estas preguntas que te servirán de pista:
- Según la historia relatada, ¿de quién era cada uno de los agujeros en el cristal?
- Fíjate en el dibujo de las grietas en el cristal. Según ese dibujo, ¿qué agujero fue primero y por qué?

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